
“Hay algunas cosas que el dinero no puede comprar. Para todo lo demás existe ___________.” Así dice el ingenioso eslogan de una conocida compañía de tarjetas de crédito. El anuncio publicitario sugiere que la tarjeta de crédito nos ayudará a conseguir lo necesario para mejorar nuestra vida, las cosas que el dinero sí puede comprar.
Cuando uno se detiene a pensar, hay bastantes cosas que el dinero no puede comprar. Aunque se pueden comprar vacaciones exóticas y lujosas, el dinero no puede mejorar el matrimonio o la relación con los hijos. Se pueden pagar cirugías y medicina, pero algunas enfermedades no se pueden curar con medicina o cirugía. Se puede ganar popularidad, pero no se puede comprar una amistad verdadera.
El dinero tampoco puede comprar una conciencia limpia para tener paz con Dios. No puede comprar la certeza de la vida eterna en el cielo. Las riquezas del mundo no pueden comprar una onza de libertad del remordimiento de conciencia o del miedo a la muerte.
Para las cosas cruciales que el dinero no puede comprar, está Jesús. Su sangre fue el pago completo para nuestra libertad de la culpa, el miedo y la muerte. La Biblia nos dice: “Como bien saben, ustedes fueron rescatados de la vida absurda…no se pagó con cosas perecederas, como el oro o la plata, sino con la preciosa sangre de Cristo” (1 Pedro 1:18,19).
Imagínese si usted estuviera a punto de ser ejecutado justamente, o sea, por los crímenes que haya cometido y se encuentra preso esperando el final. De pronto, su hermano entra a la cárcel y toma su lugar. Él muere y usted queda libre porque la sentencia fue cumplida; su hermano inocente la cumplió en su lugar. Él compró (redimió) su vida con la suya.
Todo el mundo es pecador y merece la muerte eterna. Sin embargo, Jesús, el Hijo perfecto de Dios, vino desde el cielo para tomar nuestro lugar. Él soportó el castigo que nuestros pecados merecieron para que quedáramos libres de la prisión de la muerte eterna. La deuda de nuestros pecados sobrepasa la habilidad para pagarla; es por eso que Jesús en amor la pagó con su sangre en la cruz del Calvario.
El dinero hace maravillas, pero no puede comprar una buena relación con Dios. Esto es un regalo del amor de Dios que se pagó con la preciosa sangre de Jesús.